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Con la muerte de Hugh Hefner, ¿morirá el estereotipo del hombre heterosexual?

Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría

El piso barcelonés de Beatriz Preciado (BP) no es una mansión. Tampoco hay conejitas, sólo una perra parisiense. Y un gatito. Y claro, su novia, la directora de cine Virginie Despentes. Con todo, BP despliega un poder de seducción —y aquí es más importante poder que seducción— que parece emanar de alguna hormona secreta de su cerebro. Su premiado Pornotopía es una fascinante disección del imperio Playboy, a cuyo declive económico quizá estemos asistiendo. Pero qué más se le puede pedir a quien mediante un sistema de videovigilancia inventó el primer reality show en ¡1959!, transformando de paso los espacios domésticos en verdaderos campos de atracciones. “Yo creo que Playboy es para la filosofía política contemporánea lo que la máquina de vapor fue para Marx”, sostiene, “un modelo de producción económica y cultural imprescindible para pensar las mutaciones que tienen lugar en la segunda mitad del siglo XX”.

En el lavabo de BP no hay ejemplares de Playboy, pero sí fotos de Marilyn Monroe (heroína de Virginie). En las estanterías del salón hay mucho porno, sí, y de teoría queer y de teoría a secas. Para su investigación, tuvo que bucear en las bibliotecas públicas: “Hay una gran resistencia a pensar que es posible teorizar a partir de la cultura popular: en París, en la Biblioteca Nacional, sólo puedes sacar los números de Playboy en una sala que llaman El infierno”. Cuesta imaginarse a alguien como BP fascinada con el arquetipo de la masculinidad más rancia. Después de todo, una cama redonda es sólo una cama redonda. “La cama redonda de Hefner es una invención cultural fascinante”, reflexiona. “Es una plataforma de telecomunicaciones farmacopornográfica: un híbrido de una cabina de pilotaje, un colchón de juegos sexuales y una cama de hospital”. ¿A veces no te gustaría ser Hugh Hefner?, le pregunto con sonrisa posfeminista. ¿No le envidias un poquillo? “No quisiera ser indiscreta, pero a veces yo también juego a ser Hefner”, contesta mientras exhibe su bigote falso, “a estar encerrada días en una cama con un montón de chicas… La diferencia es que aquí las chicas llevan batín”.

La casa de BP tiene un toque femenino ingobernable. Cito del libro: “Para cambiar a un hombre habría que reformar su piso”. Y obtengo: “Ya en los años cincuenta, Hefner, como una especie de Simone de Beauvoir del masculinismo, dice que lo que define al varón no es su anatomía, sino sus prácticas, que a su vez dependen de su espacio de teatralización. Por eso Playboy instala al hombre blanco en un apartamento urbano masculino dotado de todo tipo de tecnologías de la comunicación, donde pueda convertirse en un consumidor sexual mediático. Una variante erótica del hombre conectado de McLuhan”.

En Pornotopía, Preciado analiza los procesos de espectacularización de lo privado a través de las casas del placer diseñadas por Hefner. Es un libro duro, con más reflexión que experiencia (quedan advertidos los fans de su anterior Testo Yonqui, donde narraba todo lo que le ocurría sexual e intelectualmente después de abusar de la testosterona en formato gel), pero igual de adictivo, aunque aquí en lugar de Testogel haya mucha Dexedrina: “Curiosamente, el fármaco del hombre que vivía en una cama era una pastilla para no dormir”.

Pornotopía

Arquitectura y sexualidad en «Playboy» durante la guerra fría

En plena guerra fría, el joven Hugh Hefner crea la que pronto se convertiría en la revista para adultos más vendida del mundo: Playboy. Lo que el público desconoce es su pionera labor como artífice de las casas del placer: Playboy no era simplemente una revista de chicas con o sin bikini, sino un vasto proyecto arquitectónico-mediático que tenía como objetivo desplazar la casa heterosexual como núcleo de consumo y reproducción proponiendo frente a ésta nuevos espacios destinados a la producción de placer y de capital. Ésta podría ser la divisa de Playboy: si quieres cambiar a un hombre, modifica su apartamento. De la misma manera que la sociedad ilustrada creyó que la celda individual podía ser un enclave de reconstrucción del alma criminal, Playboy confió a la mansión de soltero la fabricación del nuevo hombre moderno. Este ensayo nos adentra en el archipiélago Playboy: un Disneyland para adultos hecho de mansiones, camas redondas, grutas tropicales, habitaciones temáticas, circuitos de vigilancia, piscinas transparentes, residencias de conejitas, aviones equipados con pista de baile y termas romanas… Este complejo, inspirado en las utopías sexuales revolucionarias de Sade y Ledoux, funciona como el primer burdel multimedia de la historia, una pornotopía moderna instalada en la cultura de los medios de comunicación de masas y en la arquitectura del espectáculo. El archipiélago Playboy sirve de laboratorio para estudiar las mutaciones que van desde la guerra fría hasta un capitalismo caliente cuyos medios de producción son el sexo, las drogas y la información, y donde la arquitectura funciona como un escenario en el que se teatraliza la identidad masculina.

Con información de El País y Anagrama

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